Europeísmo radical

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Estos días estoy viendo algo que no me esperaba. Manifestaciones, bloques negros y disturbios. Sí, pero ello mezclado con un discurso mediático en el que se plantea el europeísmo como la bandera movilizadora. Mientras tanto, en la periferia, la confianza en Europa como proyecto se minada por la -visión de-  continua voluntad de predomiancia de los Estados fuertes de la Unión. ¡Hasta Erdogan se posiciona con los euroescépticos!

Sin embargo, “Ucrania pide” dar la cara a Europa. O al menos -algunos en- Kiev, un núcleo urbano que necesita de un marco de entendimiento adecuado a la mayor diversidad de una ciudad, conectada al exterior, con pequeñas identidades urbanas que necesitan entenderse y coexistir frente al conservadurismo y el clientelismo de las instituciones asentadas.

Europa como identidad parece un mero nexo, un pequeño marco común en el que desarrollar pequeñas identidades cívicas. Pero también una identidad sin comprisos, voluntad, proyecto o idea de futuro. ¿Demasiado grande? No, ideal para las masas, inmediatistas, con compromisos rápidos y de pronta caducidad, con poco esfuerzo o necesidad de involucrarse. Lo mismo por lo que triunfa la democracia. Lo mismo por lo que la democracia es un sistema cómodo, un sistema para asalariados. No es de extrañar entonces que el europeísmo nos fuese cercano a los que hubiesemos crecido hijos de un toyotismo que dotaba a los trabajadores de grandes -y no tan grandes- multinacionales de la posibilidad trasladarse con naturalidad más allá de las fronteras clásicas lingüisticas y estatales, nuevos ambientes más interesantes, pero vistos muchas veces cual turismo etnográfico. Se traslada el viejo aventurismo aperturista del estudiante que marcha a la capital, por el de los que se abren a múltiples destinos, cercanos pero distintos, europeos mayoritariamente.

No es de extrañar entonces pues la voluntad de algunos por crear un europeismo identitario evidente. El europeísmo parece entonces la separación entre identidad y Estado que permite la diversidad y rebeldía internas como método de desarrollo, convivencia y generación de nuevos discursos que cubran la falta de identidad territorial. Lo cual no deja de ser la esencia de lo urbano, un discurso de convivencia identitaria territorial.

Pero Europa… no es un marco identitario neutral. Tiene fronteras sangrantes y vigilantes. El afán europeo no brota en Estados donde es necesaria rebeldía para mantener una diversidad, si no calefacción, como en Ucrania.

4 críticas en “Europeísmo radical

  1. Gracias por ponerle un marco a estas protestas, no he seguido estas noticias y así se entiende mucho mejor.
    Además es un enfoque muy interesante y muy bien traído al hilo de lo que podría llamarse “identidad débil” que no deja de ser imaginada pero no tiene poder o fuerza para imponerse tanto como la nacional, aunque también alberga las contradicciones propias de lo imaginado.

    Como dices, creo que la identidad urbana puede definirse también así. Lo que me hace pensar que no surge de vivir en la urbe sino de ser un descreído de donde vives 😉

    • Me gusta mucho la visión esta que das sobre ser un descreído por dónde vives más allá de la urbanidad. Yo lo enfocaba como urbano por la imposibilidad de uniformidad. Lo rural, puede ser una identidad más “real” donde hay una agenda conocida por todos -y se conocen cara a cara-. En la ciudad convergen identidades y relatos totalmente aislados que se van creando en el mismo sitio, pero sin tocarse excepto en pequeños puntos [y que de hecho, convierten en genial el vivir en una ciudad donde puedes descubrir cosas nuevas a menudo]. Y quizá es por eso que veo lo urbano como un ejemplo de convivencia de distintas identidades en un solo territorio -no sin fricciones, eso sí-.

      La verdad es que la “identidad debil” es muy parecido a decir que tienes una parte de tu discurso adaptable para que lo entiendan los de tu entorno. Vamos, yo mismo intuyo que mi discurso varía un poco en su enfoque dependiendo de con quién hablas para facilitar el entendimiento y llegar a puntos comunes (para llegar a lo mismo, sin cambios de chaqueta, eh!). Y bueno, ahora que me lo planteo, tanto la “identidad debil” europea como la urbana parte de algo cercano al “espíritu cívico” democrático clásico, el establecimiento de un marco de entendimiento y convivencia en lo público para facilitar el intercambio y gestionar conjuntamente el territorio.

      Es algo que me lleva dando vueltas por la cabeza, pero es cierto que al igual que la falta de compromiso puede ser parecido a ser un descreído de donde vives -el no involucrarte de la agenda-… si llegas al punto de la rebeldía, eso implica pasar a adquirir nuevos compromisos, aunque evadan la “jaula territorial” o quieran transmutar el orden cívico.

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