¿Estamos preparados para el activismo monetario?

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Mikhail Shlyapnikov es un granjero ruso que ha tenido que enfrentarse a los tribunales acusado de “crear su propia moneda” para intercambiar los productos de su trabajo con su entorno, una pequeña comunidad bastante autónoma en la localidad de Kolionovo. Rusia, que no se enfrenta por primera vez a que aparezcan monedas alternativas al rublo y teme perder el poder sobre la divisa, ha acabado prohibiendo los kolions, pues así se llamaban estos vales impresos sobre papel fotográfico. El sistema, a diferencia de lo que ocurre con el dinero fiat, se basaba en la confianza directa.

Y es que aquel que posea la capacidad para dominar una herramienta tan potente como  el dinero, mantienen un gran lazo sobre el poder de los que lo usan. Ahora que la situación del Estado griego y su relación con la UE están a debate, no está mal recordar como su ya ex-ministro de economía especulaba con la posibilidad de emplear el Bitcoin como herramienta de la Eurozona, y que plantee su peligro precisamente por ser una moneda “apolítica”.

Sin querer entrar en esa agenda mediática, lo cierto es que en Grecia se está experimentando un proceso de aparición de monedas privadas por parte de empresas y colectivos que favorecen la liquidez y demuestran que sí que existen mercados para los recursos. En Reino Unido las libras de Bristol, Brixton o Exeter funcionan activando y cambiando relaciones en las economías locales y otros proyectos van a aparecer pronto, así como van a establecer vías de cooperación.

 

Al igual que con otras divisas, o al igual que ocurría en el caso de Shlyapnikov, la relación personal con una divisa depende mucho de la confianza que tengamos con la entidad que la controla. Y con la capacidad que tengamos de poder evitar su posible monopolio, cambiarla o emplear otra moneda. La aparición de alternativas siempre abre un campo muy grande para la libertad financiera.

Las divisas basadas en blockchains, como el bitcoin, permiten plantear la posibilidad de una descentralización total de las instituciones. Al ser una tecnología open source permiten que, ante el descontento o la posibilidad de innovación, se produzcan evoluciones y puedan ser empleadas como base para divisas futuras. De esta forma, se pueden crear monedas que dependan de determinadas comunidades o valores, y en las que el concepto de control “político” adquiera un sentido mucho más líquido y basado en confianzas personales. Como ejemplo, FairCoin, que supondría un punto intermedio entre lo que estamos acostumbrados a ver por monedas locales y sociales y las tecnologías basadas en criptomonedas; pero que además abre nuevas estructuras para algo tan importante como la financiación de unidades productivas.

En fin, parece que se evidencia un momento en el que no solo enfrentamos nuestro activismo a cómo empleamos las divisas de que disponemos, sino a qué divisa le damos nuestra confianza y qué topología tiene. Desde el activismo de mercado, la producción de divisas, pensar sobre cómo son y cómo nos afectan, diseñar divisas o en quién confiamos para diseñarla o gestionarla es una más que interesante propuesta para la acción.

Parece importante, entonces, plantearnos nuestro síndrome de Estocolmo y la relación de seguridad que tenemos con la moneda. Eso que apenas nos planteamos, pero que es un campo de batalla donde está en juego mucho poder. Y como activistas, no podemos abandonar.

Entrada publicada originalmente en Activismo de Mercado

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