Construyendo cooperación y seguridad en horizontal

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¿Bazares o catedrales?

Venido desde Nueva York, Jon Santiago presentó en la Bilbao Mini Maker Faire el pasado julio una charla sobre cooperativismo y movimiento “open source“/maker.

Jon trabaja en una cooperativa, Htink, que se dedica a la formación de  en temas relacionados con la tecnología empleando para ello software y hardware libre, organizados según ellos siguiendo el “modelo Mondragón”. Planteó lo interesante de las dinámicas cooperativas y las nuevas formas de trabajo surgidas en los movimientos del código abierto tanto en el software como en el hardware, regidos bajo una mezcla de formas colaborativas de desarrollo y relación con el usuario con distintas formas de acceder al mercado gracias a la eliminación de la mal llamada propiedad intelectual. Sin embargo, el cooperativismo clásico sigue en las viejas dinámicas de la industria tradicional. Ante ello, Jon planteaba una importante pregunta, y es si hay una ausencia de proyectos orientados a crear grandes discursos y terminaba su presentiación preguntando si no debíamos comenzar a pensar como constructores de catedrales.

Las catedrales suponen planificar a largo plazo de forma que las estructuras crezcan generando seguridad y estabilidad. Son proyectos que se convierten en grandes referentes y en un punto de idolatría común. De esa forma, son construidas unidireccionalmente bajo la supervisión de un arquitecto, al igual que una vez concluidas organizarán a una población de forma unidireccional. Precisamente, uno de los problemas que ha tenido el cooperativismo de Mondragón ha sido su crecimiento hasta el nivel de haberse convertido en una catedral inamovible, con una fuerte inercia al cambio, gran interdependencia con el resto de instituciones jerárquicas de la administración y donde la democracia económica sufre las mismas perversiones que la representativa.

Por ello, uno de los grandes hitos del software de código abierto es un breve ensayo al que  Eric S. Raymond tituló como La Catedral y el Bazar. Estricamente hablando, el bazar del que habla Raymond es un modelo de desarrollo de software desde una forma menos unidireccional y un mayor contacto con los desarrolladores y los usuarios, pero tiene un gran valor alegórico.

El bazar, frente a la catedral, no crece hacia arriba, sino que se extiende en la plaza pública y es capaz de ofrecer soluciones de forma cooperativa y adaptada a las necesidades creando una red tupida frente a la respuesta vertical. El bazar implica comercio porque comerciar es intercambiar, pero a diferencia de las estructuras verticales, que compiten entre si, el bazar también coopera porque ninguno de sus componentes se sabe capaz de abarcarlo todo.

Quizá el problema entonces, es cómo crecer para obtener seguridad y generar estructuras que no destruyen la horizontalidad que existe entre los diversos grupos pequeños e individuos que confluyen en esa plaza pública. Un proyecto catedralicio los hace empequeñecer, sentirnos ninguneados ante la magnificencia del mismo. Una catedral implica juegos de poder por controlar la congoja que genera su presencia.

El bazar no es planificado por nadie, aparece de forma espontánea formado por los que se acercan a él como lugar de confluencia. Aparece como una forma de auto-organización. Permite de esta forma la existencia de la diversidad en su interior. Por tanto, la introducción del activismo para la construcción de estructuras de bazar en vez de para la integración o conquista de las catedrales es, no nueva, pero sí profundamente dinámica y rompedora. El mercado y el intercambio entre los colectivos que se juntan en la plaza es fluido e implica el compromiso del que no quiere perder un amigo y un cliente, al no poder recurrir a la jerarquización o el monopolio para forzar su amistad.

De esta forma, se nos plantea la pregunta de ¿por qué nuestros colectivos no pueden emplear también el mercado como una forma más de cooperación si es una forma de intercambio de necesidades y compromisos? Los compromisos generan seguridad y pueden sustituir a la necesidad imperante de construir una realidad única y vertical como generadora de cooperación y seguridad en grupos de personas grandes.  Como explicaba Kevin Carson, el intercambio comprometido es capaz de generar cooperación y distribución del trabajo:

Una economía local industrial con pequeñas cooperativas produciendo en red, o una economía basada en proyectos de construcción o el modelo de contratación de estibadores clásico, son redes de apoyo de apoyo solidario que van más allá de la tienda de cada uno o de su puesto de trabajo individual pues necesitan constituirse como unidad económica primaria. Así las dislocaciones de las crisis económicas son mucho menos severas.

Kevin Carson: “Why Market Exchange Doesn’t Have to Lead to Capitalism

La actual situación, además, nos permite olvidarnos de la sumisión y monopolio territorial de la catedral como lugar vigilante. No crecer excesivamente nos permite interconectarnos y fluir territorialmente, solaparnos y no pretender tener la exclusividad. La economía local industrial de la que habla Carson se extiende, y con ella la solidaridad que actualmente se esta viendo atacada por el acaparamiento de los modelos que pretenden ser catedrales:

¿Por qué se da el caso de que la revolución cibernética y los vastos incrementos de productividad derivados del progreso tecnológico no se han traducido en semanas de trabajo de 15 horas, o en la práctica anulación del costo de muchas de las necesidades de la vida? Pues porque el progreso económico es sistemáticamente acaparado como fuente de renta y de beneficio.

Kevin Carson, “¿Quién se Apropia del Beneficio? El Libre Mercado como Comunismo Integral

Nos permite además, no ser arrastrados por el conservadurismo de lo institucionalizado. La toma de decisiones únicas e integradoras es pesada. Puede que una asamblea multitudinaria de aquel 15 de Octubre de 2011 nunca hubiera consensuado la okupación del Hotel Madrid. Sin embargo, la acción directa de algunos grupos que participaron en esos entornos de debate permitió que se creara uno de los puntos de reunión, y activismo en el que confluían grupos identificados bajo aquella amalgama de identidades.

Ser un nodo dentro de una red en vez de individuos compitiendo por que el obispado atienda, permite que en la organización del bazar aparezcan muchos de esos grupos capaces de dar un salto sustancial a la situación del grupo. Ese mercado al que nos presentamos temerosos permite a su vez la “acción directa” obviando la resistencia al cambio y permite ensayar y buscar situaciones de mejora constante. Eso que la gran industria gusta de llamar innovación.

Por eso quizá no debemos tener miedo lo que llamamos mercado, que no deja de ser una forma de organizar los recursos de los que disponemos y que nos permite decidir con quién queremos intercambiarlos y cooperar.  O al menos siempre que la sombra de las catedrales (los grandes monopolios y oligopolios) no nos obliguen o fuercen a actuar de forma que no queremos, pues a ellos también les gusta el término mercado.

Por eso el mercado es una palabra a ser usada con respeto pero sin miedo si queremos poder cooperar sin la coacción de esas catedrales y por eso mismo, personalmente, tengo miedo a ver escrito Mercado con letras mayúsculas cuando algunos autores como Konkin lo definen, aunque sea para acertar:

El Mercado es la suma de toda acción humana voluntaria. Si uno actúa no coercitivamente, es parte del Mercado.

Samuel E. Konkin III, “Manifiesto Neolibertario” Cap. 1

Con esta definición, no podemos permitirnos actuar de forma políticamente neutral cada vez que nos acerquemos al mercado, porque hemos de reconocer todas las implicaciones que conlleva.

Buscamos un ágora porque queremos poder disfrutar de todas las caras que allí nos encontramos y debatir entre iguales. Pero no un ágora monolítica con unos solos gustos, plana y sin color. El activismo de mercado es interesante porque al combatir las rentas y los monopolios permite crear muchos mercados, muchos mundos que divergen a partir de las diversas acciones pero que también han de confluir para compartir determinadas plazas públicas. Por eso hemos de buscar no uno sino muchos mercados y muchas plazas que cooperen dentro y fuera y con individuos que fluyan entre ellas organizándose de forma cada vez más descentralizada.

Como Kropotkin comentó en su autobiografía, lo que busca el activismo de mercado y el bazar frente a la catedral es tratar con hombres libres y, eso, implica comenzar a pensar en las consecuencias de cada acción:

“Habiendo sido criado en una familia que tenía siervos, me incorporé a la vida activa, como todos los jóvenes de mi época, con una gran confianza en la necesidad de mandar, ordenar, regañar, castigar y cosas semejantes. Pero cuando, en una etapa temprana, tuve que manejar empresas serias y tratar con hombres libres, y cuando cada error podría acarrear serias consecuencias, yo comencé a apreciar la diferencia entre actuar con base en el principio de orden y disciplina y actuar con base en el principio del entendimiento. El primero funciona admirablemente en un desfile militar, pero no sirve cuando está involucrada la vida real y el objetivo sólo puede lograrse mediante el esfuerzo serio de muchas voluntades convergentes.”

M. Kropotkin “Autobiografia “Memorias de un revolucionario

Más aún, queda una pregunta: ¿pueden crecer los bazares sin necesidad de hacerlo alrededor de una catedral?

Entrada publicada originalmente en Activismo de Mercado

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